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Organización se convierte en un oasis para los más necesitados

El Centro de Orientación y Acción Social, localizado en Vega Alta, asiste a cientos de personas con alimentos, ropa y hasta enseres que consiguen por donaciones.

 

Gregoria Ortiz y Zoraida Otero trabajan como voluntarias en la entidad de la Iglesia Discípulos de Cristo que distribuye alimentos y ropa a los necesitados. (Foto: Vanessa Serra Diaz)

 

 

Cuando la palabra crisis se extrapola de los discursos, informes o documentos presupuestarios fríos del Gobierno o la Junta de Supervisión Fiscal, entonces el concepto abstracto en sí mismo toma una dimensión concreta y se nos revelan los rostros, las vidas, las historias de quienes la sufren.

 

 

 

Cuando la palabra solidaridad deja de ser una idea, un sueño o una ilusión vendida en anuncios de países tercermundistas, entonces sufre una metamorfosis para dar paso al abrazo, la ayuda, el consuelo y el amor en la dimensión más amplia y profunda.

Cuando la crisis y la solidaridad se topan de frente, se miran, se reconocen y se toman de la mano, entonces hay esperanza. Cuando podemos llamarlos por sus nombres y apellidos, solo entonces sabemos que no todo está perdido.

 

 

Hace 24 años, un grupo de feligreses de la Iglesia Discípulos de Cristo, junto a miembros de la comunidad, decidieron expandir el programa de beneficencia que tenían y darle forma a un proyecto que tocara muchas más vidas.

 

Hoy, el Centro de Orientación y Acción Social, Inc. (COASI) de Vega Alta es el lugar donde cada año cientos de puertorriqueños de varios pueblos de esa zona encuentran el alimento que falta en sus mesas, el vestido y el calzado que no tienen, los enseres que necesitan para iniciar una nueva vida, los artículos médicos que requieren para sus condiciones.

 

Todo proviene de donaciones de la gente, en artículos o en metálico, y una asignación legislativa de $215 mil que reciben hace dos años y que temen perder.

 

El que necesita y toca a sus puertas, siempre encuentra.

 

“A mí me da mucha tristeza ver tanta necesidad”, dijo Vanessa Burgos, directora de COASI.

¿Ha aumentando el número de personas que los buscan?, se le preguntó. “Los últimos tres años ha ido incrementando. En este último año, con la crisis fiscal, hay muchas personas referidas”, señaló.

A lo que se refiere Burgos es que, mientras en el 2007 suplían las necesidades de 100 personas, actualmente la cifra ronda los 400. Pueden participar desde deambulantes hasta madres y padres que trabajan, pero que sus salarios no les da para completar el mes.

 

“La mayor cantidad son casos nuevos”, recalcó Elizabeth Burgos, coordinadora del Programa Acción Social, una de siete empleados de COASI, a los que se suman voluntarios.

 

Reciben de todo, y se va

En el área que llaman bazar, las personas seleccionan las piezas de ropa y el calzado que necesitan. Todo está organizado y etiquetado. Hay un almacén contiguo, donde está la comida que dan.

“Lo que visto hoy y lo que como es gracias a ellos y a Dios”, dijo Richard Rodríguez, quien tiene 28 años y vive en las calles.

 

Al otro extremo estaba el caso de una mujer adinerada y con estudios que lo perdió todo y hoy vive sin poder pagar los servicios básicos de luz y agua.

 

“Desde que conocí a COASI vivo viviendo; antes yo vivía muriendo”, dijo la exfuncionaria quellegó a ostentar un cargo de poder en el Gobierno y que prefiere el anonimato por el proceso que vive.

Uno de los programas más innovadores es Mi Lonchera Saludable, a cargo de Margarita Rivera. Nació tras un estudio que reveló que había niños que comían solo lo que se les daban en los comedores escolares. Las escuelas identifican a los menores y cada viernes COASI les lleva una lonchera con alimentos para que puedan cenar, comer en el fin de semana y tener sus meriendas. Los lunes regresan el bultito y el ciclo comienza otra vez.

 

Caniel Avilés tiene 8 años y Ambert Aycock, 11. Él quiere ser chef cuando sea grande y ella una volibolista. Ambos son parte de los 88 niños que reciben la ayuda. Ellos y sus familias están muy agradecidos.

 

Fuente: El Nuevo Día
 

 

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